La Galopada

     Desde el llano mira la yegua la Colina. Camina con la manada y ocupa el lugar que le corresponde. En ese caminar lento algo aporta, algo recibe, la paciencia crece, la fuerza mengua, pero antes de que se extinga completamente siente el empuje del Amanecer.


    El empuje del Amanecer la llena de fuerza que vuelve a colocarle un porte erguido, firme, con la mirada fija en la Colina. Para completamente, respira y espera el momento en el que toda la musculatura se acompasa y de una suavidad inicial va al estallido de la intensidad que el viento del Amanecer pone en sus patas y la lleva Colina arriba. Deja todo atrás.

    No hay nada más. Solo está la yegua y el horizonte vacío, los une el viento que va inundando su pecho, llenándolo de fuerza, desprendiéndola de pesos. Del correr desenfrenado pasa a un trote ligero allí donde ya todo esta lejos y el caminar es solo de ella y del viento. La Paz se posa en todo lo que es, la gratitud, el descanso momentáneo. Todo esto la alcanza Colina arriba.

    Cuando llega el momento siente el regreso, mira hacia el llano y puede ver ya  a otros caballos. Pone entonces el Cielo y la Colina un último tesoro sobre la yegua “estar dispuesta”. Con paso tranquilo inicia el regreso, plena, con fuerza para lo que la Vida trae, y siempre fiel a la Galopada donde revive, donde el Cielo la ama.

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